domingo, 21 de marzo de 2010

LUCES Y SOMBRAS DEL PIYAYO* por H. Zurita

El Ayuntamiento de Málaga, en 1978, organizó un Memorial Flamenco en homenaje a El Piyayo, en el que intervinieron las figuras estelares de Camarón, Chano Lobato y Beni de Cádiz, con la participación también de los artistas locales y no por eso menos importantes: Alfredo Arrebola, El Boquerón y Mari de la Trinidad, acompañados con las guitarras de Juan Habichuela, Juan el Africano y Manolo Cómitre... La exaltación de El Piyayo, como personaje popular malagueño, ha tenido varias vertientes que han posibilitado su recuerdo. La primera fue el poema de José Carlos de Luna; que estos versos los recitara por todo el mundo el rapsoda cartameño Pepe González Marín; que se hiciera una película del poema; que el áulico cantaor Antonio Mairena, en su elogiable afán de rescatar cantes poco conocidos en el mundo flamenco, los grabara en microsurco con la consiguiente promoción nacional y que esta peña flamenca lleve su nombre y organice anualmente un concurso con un sustancioso premio para esta modalidad de cante; también que un restaurante de la ciudad y una calle del real de la feria de Málaga, lleve su nombre.
El día 1 de mayo del año 1855, en la perchelera calle del Cañaveral, embarrada por los recientes desbordamientos del Guadalmedina, nace Rafael Flores Nieto, al que años más tarde apodarían El Piyayo (El Bebedor). Poco se sabe de sus andanzas durante los primeros años de vida. Pero sí que con la mayoría de edad es movilizado: Cuba. El Piyayo no dispone de los seis mil reales necesarios para librarse de la mili y sin apenas darse cuenta, se encuentra rumbo a las Antillas, flanqueado por todos aquellos que no han podido redimirse de servir al Rey.
Al regreso de sus andanzas antillanas aparece ahora en su vida una preciosa gitanilla que vendía encajes por las calles y decía la buenaventura, a la que apodaban La Chunga, que encandila de la fastuosa apariencia de nuestro héroe y familiares y amigos, quizás por seguir la broma, deciden unirlos en matrimonio. A tal fin toman una sala, cerquita de la calle del Cañaveral, en la de Zurradores, y los casan por el rito gitano, regalándole los amigos una colchoneta que adquieren a prorrateo, en una casa de compra-venta. Tres días con sus tres noches dura la fiesta en la que se dan cita lo más flamenco del Perchel y de la Trinidad. En el transcurso de la misma, en plena euforia etílica, el novio es manteado por sus amigos, sirviendo para tal propósito la mismísima colchoneta que había servido de tálamo nupcial.
Pero un hecho peregrino viene a oscurecer la luna de miel de nuestro Piyayo y La Chunga. Un rico tratante de La Línea, de paso por nuestra ciudad, se prenda de la juventud y vivacidad de la recién casada y monta una trama de malos augurios para el futuro de la joven. Engatusa a la familia, a la cual promete el oro y el moro, hasta que ésta consigue con engaños meter a la joven en una carreta y llevarla a Estepona donde, la echan en brazos del vehemente llanito, que se la lleva gozoso a su morada en La Línea. Nunca más se supo de la criatura. Quince días y quince noches le duró a El Piyayo su compañera. Poco tiempo después conoce a La Hampona, una bailaora nacida en la Cala del Moral, vivaracha y guapetona, que ameniza con su alegre bailoteo las juergas de los señoritos en ventas y colmaos, y forma pareja con ella. Se mudan al Altozano, descenso hacia el barrio de la Victoria por la Cruz Verde con su histórica calle de los Negros.
La prisión provincial de Málaga acoge por una temporada a nuestro héroe. Son los amargos días de nuestra guerra civil. Repite a todo el mundo la tontería que hizo al guardar una antigua pistola de mixtos que se había encontrado en un muladar y que alguien había tirado para no comprometerse ante un posible registro de su vivienda. El creía que aquella pistola tan antigua no servía y que podía sacar algo por ella. Pero solo había conseguido que lo metieran en chirona y le podía haber costado hasta la vida. Cuando por fin lo dejan en libertad es peor, en la trena se comía algo, en la calle, nada. Lo encontramos ahora en el Mundo Nuevo, plaza de Santa María, donde vive con María la Canastera. El 25 de noviembre de 1940, con el aire impregnado del olorcillo azucarado de las batatas asadas y el acre del azulado humo que soltaban los fogones que asaban las castañas, se apagó la vida de Rafael Flores Nieto, El Piyayo, rendido en su vieja colchoneta, debajo de una escalera, a la intemperie. Luque Navajas definió así el cante de El Piyayo: "Se trata de un tango irregular que aglutina por igual ecos de carcelera y de guajira. Lo mismo lo empleaba su autor para cantar escuetas letras de carceleras que para ensartar largos romances, sin que por ello perdiera nada de su esencia. Se acompañaba él mismo a la guitarra, improvisando constantemente. También en las letras lucía su personal inspiración y resulta curioso el uso frecuente que en este menester hacía de la composición décima o espinela (lógica influencia cubana).Vemos en este cante un trasunto de la vida de su autor, que, por ser gitano, lleva el tango en la médula de sus huesos, que por lo azaroso de su vida, conoció la carcelera en su propio ambiente, y que, por haber vivido como soldado la guerra de Cuba, se trajo de allí, pegado como miel de caña, el aire guajiro. Por ello, lo mismo que no se da a este cante el nombre de carcelera ni de guajira, tampoco debe llamársele tango, aunque el tango es su base". Para seguirle la pauta a los cantes de El Piyayo, nada mejor que oír esta letrilla que improvisó en cierta ocasión: "Yo tengo el número uno,/Trinitario tiene el dos/ y el número tres lo tiene/Manolillo el Herraor"


* Fuente: Publicado en el programa de recitales "Conocer el Flamenco" / "Rincones del Duende", organizados por la Peña Flamenca El Piyayo (octubre-noviembre 2001)

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